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27 agosto 2010

Sin quererlo, Stalin impulsó la Iglesia en Kazajstán

Entrevista con el obispo Athanasius Schneider*

KARAGANDA, domingo, 25 de julio de 2010 (ZENIT.org).- La obligación de esconderse de las autoridades comunistas para asistir a misa enseñó al obispo auxiliar de Karaganda cuando era aún un niño un respeto especial por la Eucaristía.

Monseñor Athanasius Schneider es el secretario general de la Conferencia Episcopal de Kazajstán y autor del libro "Dominus Est - Es el Señor: Reflexiones de un obispo de Asia Central sobre la Sagrada Comunión" ("Dominus Est - It is the Lord: Reflections from a Bishop in Central Asia on Holy Communion" (Newman House Press, 2009), en el que medita sobre cómo recibir la Eucaristía con reverencia.

Obispo Athanasius Schneider.

Nació en Kirguistán, donde sus padres alemanes habían sido exiliados por el régimen comunista. En 1973, emigró a Alemania, y pronto pasó a Austria para entrar en el monasterio de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz.

Monseñor Schneider ha enseñado teología en el Seminario María, Madre de la Iglesia de Karaganda desde 1999. Su ordenación episcopal tuvo lugar en Roma el 2 de junio del 2006.

En esta entrevista comparte su experiencia sobre la Iglesia católica cuando vivía bajo el régimen comunista, el camino que le llevó a su actual nombramiento, y las necesidades de la comunidad católica en Kazajstán.

Cuando oímos hablar de Kazajstán, no pensamos necesariamente en católicos pero, de hecho, la Iglesia católica tiene profundas raíces en Kazajstán. ¿Puede hablarnos un poco sobre la historia de la Iglesia católica en Kazajstán?

Sería más exacto decir que el cristianismo, no la Iglesia católica, tiene raíces muy profundas.

Catedral de Karaganda.


Incluso en los siglos III y IV había señales de cristianos en Asia Central, y en la Edad Media había incluso misioneros de rito latino, pero la gran presencia de cristianos y especialmente de católicos está ligada al régimen de Stalin.

En los años treinta, Stalin deportó a millones de europeos a Kazajstán; y Kazajstán se convirtió en un gran campo de concentración durante aquellos tiempos, y allí aparecieron de manera repentina casi medio millón de católicos.

Fue, sin embargo, una situación de sufrimiento y la Iglesia tuvo que vivir de modo clandestino.

Usted es de origen alemán. ¿Cómo llegó a Kazajstán?

Mis padres eran de los asentamientos alemanes en el Mar Negro, cerca de Odessa, y al final de la Segunda Guerra Mundial, el ejército alemán llevó a todos estos alemanes, trescientos mil, a Berlín para protegerlos de los rusos.

Y cuando el ejército ruso ocupó Berlín se llevó a esta gente como "trabajadores forzados" a tres lugares: Kazajstán, Siberia y los Montes Urales.

Mis padres fueron enviados a los Urales, donde fueron obligados a trabajar, y es un milagro que sobrevivieran. Cuando fueron liberados se trasladaron a Asia Central, que formaba parte de la Unión Soviética, en la República de Kirguistán, una pequeña república cercana a la frontera china, justo por debajo de Kazajstán.

Allí nací y pasé mi niñez. Luego fuimos de Kirguistán a Estonia, que todavía era parte de la Unión Soviética. Allí viví cuatro años.

Teníamos una iglesia que estaba a cien kilómetros y teníamos que recorrer esos cien kilómetros para ir a la Santa Misa.

¿Cien kilómetros cada domingo?

Una vez al mes, porque era demasiado caro para nosotros. Éramos cuatro hijos y nuestros padres.

¿Cómo iban? ¿En coche?

En tren. Pero incluso así era peligroso, porque, durante aquellos tiempos, el gobierno comunista prohibía a los niños participar en la Santa Misa.

Sólo se permitía ir a los adultos, pero nosotros éramos cuatro hijos y, por ello, mis padres tomaban el primer tren por la mañana cuando todavía era de noche de manera que no fuéramos visibles para los demás. Para mí aquel primer tren es inolvidable.

Yo era un niño de entre 10 y 12 años, y estas excursiones y viajes para ir a Misa eran inolvidables. Y luego volvíamos tarde en el último tren, de noche.

Estos domingos los pasábamos con el sacerdote de nuestra parroquia que tenía sólo una pequeña habitación -no una casa sino sólo una pequeña habitación-: tenía su cocina, su dormitorio y su biblioteca, en una habitación. Pasábamos el tiempo allí, porque éramos la familia que venía de lejos.

Allí hice mi primera confesión y mi primera comunión con este santo sacerdote que había estado preso antes en Karaganda.

Al entrar a la vida religiosa, usted estuvo en Brasil y su superior le envió a Roma para profundizar sus estudios: un doctorado en patrología. Durante su estancia en Roma, usted fue nombrado consejero general de la orden, y siempre soñó con volver a Brasil cuando acabara su mandato. Pero luego, usted ha acabado en un sitio distinto, ¿qué significó este cambio en su vida?

Sí, alguien me dijo que había un sacerdote que acababa de llegar de Kazajstán (yo nunca había estado en Kazajstán, sino en Kirguistán). Y me dijeron que quería hablar conmigo. Yo no conocía a este sacerdote ni él a mí.

Aquel sacerdote me dijo entonces: "Hemos establecido un seminario en Karaganda y no tenemos profesores. ¿Puede venir a ayudarnos?". Así me invitó.

¿Cómo describiría la fe de la gente?

La fe de la gente se caracteriza por la tristeza de nuestros mártires, los confesores de la fe, la situación de la Iglesia perseguida. La gente mantiene la fe viva e intenta vivirla, tiene un gran aprecio a los sacramentos, a lo sagrado, y un gran respeto por el sacerdote.

La antigua Unión Soviética sufrió 70 años de ateísmo de estado. ¿Ve usted todavía las cicatrices de este ateísmo en los corazones de la gente?

Como consecuencia de este ateísmo, que fue intrínsecamente materialista, se destruyeron los valores sobrenaturales y espirituales. Por ejemplo, el alcoholismo se ha extendido incluso más porque las vidas de la gente no tienen sentido sin espiritualidad, sin valor espiritual.

Hubo un vacío, que creció durante los tiempos comunistas. La familia fue destruida por este materialismo; se practicaba el divorcio y el aborto.

Este materialismo destruyó ese sentido de los valores espirituales.

Usted ha escrito un libro sobre la Sagrada Comunión, en el que sostiene que deberíamos reconsiderar la cuestión de recibir la comunión en la mano. Se pregunta si no sería mejor recibirla, como antes, en la boca y de rodillas. ¿Cómo ha llegado a esta idea?

Para mí no es una idea nueva. Yo, durante toda mi vida, he vivido esto, porque recibía la Comunión en unas circunstancias de persecución, y este respeto, era tan natural para mí como para un niño.

Me dijeron que Dios está verdaderamente presente, y que era natural arrodillarse; "Este es el Santísimo", como decíamos "el Sanctissimum".



Obispo Athanasius Schneider, celebrando la Santa Misa.


Mi madre que vivió durante los tiempos de persecución, una vez salvó a un sacerdote de la policía en los Urales, a donde había sido deportada. En aquella época su madre, mi abuela, estaba muy enferma. Y cuando el sacerdote iba a partir, mi abuela le rogó a mi madre que pidiera al sacerdote que antes de irse, le dejara una hostia consagrada. Así, en caso de que mi abuela fuera a morir, podría recibir la Santa comunión. Y mi madre hizo esta petición al sacerdote. El sacerdote le dijo: "Sí, le dejaré una hostia consagrada con la condición de que administre la Santa Comunión con el mayor respeto posible".

Mi madre le dio la comunión a su madre y, para hacerlo, mi madre se puso un par de guantes blancos nuevos, para administrar la comunión, de manera que no tocase la hostia con sus manos desnudas. Ella no se atrevió a tocar el Santo Sacramento con sus manos desnudas, y utilizó una cuchara para administrarlo.



Obispo Athanasius Schneider.


Y esto era tan profundo y tan natural para nosotros que, cuando vinimos y vimos esto en las iglesias occidentales, no me asombré, pero sentimos mucho dolor en nuestra alma. No juzgo a la persona que recibe la comunión en sus manos, esto es otra cuestión, porque pueden recibirla aún así con respeto y amor. Pero, la situación objetiva de la distribución de la Santa Comunión, no puedes negar esto, se ha convertido en algo tan banal, tan poco respetuosa, como distribuir pasteles.

"Este es el Señor": cuando el Señor Resucitado se apareció a las tres mujeres y ellas le vieron, se arrodillaron.

Cayeron de rodillas.

Cayeron de rodillas a sus pies y le adoraron.

E incluso los Apóstoles hicieron lo mismo cuando el Señor se fue al cielo. ¿Por qué no íbamos a hacer nosotros lo mismo?

Aquí está el Señor, verdadero, presente como ha estado durante dos mil años en la Iglesia católica. ¿Por qué debemos cambiar esto?

¿Qué pediría a los católicos? ¿Qué necesita la Iglesia de Kazajstán?

Por supuesto oraciones, porque por las oraciones nos damos mutuamente el don más precioso, así como solidaridad con la Iglesia local, que está muy lejos y en una situación difícil. Tenemos muy pocos medios: personales, materiales, etc., pero, por favor, que recen por las vocaciones locales al sacerdocio.


Seminario Mayor de Karaganda.


Es necesario tener clero local, y únicamente así la Iglesia puede echar raíces. Y, por favor, si es posible ayúdennos en la construcción de más iglesias, para hacer a la Iglesia más visible en este mundo en que vivimos y como signo de evangelización.

Estamos muy agradecidos por todos estos signos de fraternidad y solidaridad.



*Esta entrevista fue realizada por Mark Riedemann para "Dios llora en la Tierra", un programa semanal radiotelevisivo producido por la Catholic Radio and Television Network en colaboración con la organización católica Ayuda a la Iglesia Necesitada.

Más información en www.ain-es.org, www.aischile.cl



Jan 23, 2010
Video: Bishop Athanasius Schneider, ORC discusses reception of Holy Communion
Bishop Athanasius Schneider, ORC, talks about reception of Holy Communion in this EWTN Live segment with Fr. Mitch Pacwa. I saw this when it aired on EWTN back in late 2008 (it was originally recorded while he was in the US in July of 2008).
23 de enero 2010. El obispo Atanasio Schneider, ORC explica cómo debería ser la recepción de la Sagrada Comunión, en esta entrevista de la EWTN en vivo con el Padre Mitch Pacwa, sj.

31 diciembre 2007

Ordenado diácono el primer kazajo

Ruslán, un joven de 24 años, recibió la ordenación diaconal en Karaganda el 5 de agosto de 2007. Es el primer kazajo que recibe las órdenes sagradas. Su padre se hizo católico el año pasado y su madre es ortodoxa. Recogemos su pequeño testimonio.




Antes de pensar en el sacerdocio, ¿quién querías ser?


Desde el inicio de mi vida cristiana yo quería ser santo. La verdad es que ahora, después de los años del seminario, de muchos problemas y dificultades, después de los estudios, de la oración y meditación, me doy cuenta de que entonces no comprendía bien en qué consistía la santidad. De hecho, yo pensaba ser “santurrón”. Ahora deseo ser santo a través de sencillas cualidades humanas como la bondad, la audacia, lo fortaleza. Las virtudes… y pido a Dios que me haga tal como Él quiere que sea.


¿Cuándo pensaste por primera vez en ser sacerdote?

Se podría contar mucho… Todo empezó cuando tenía 12 ó 13 años. Yo era un chico como todos mis amigos, y empezamos a ir a la iglesia, sobre todo para conocer a las chicas. Después empecé poco a poco a visitar el templo y entré en contacto con el grupo de jóvenes de la parroquia, participando en sus encuentros y catequesis.

En cierta ocasión, un joven con inquietud vocacional planteó esta pregunta: “¿Tú no querrías ser sacerdote?” Hasta ese momento yo no pensaba en esta posibilidad, pero fue el inicio. Llegué a casa y le pregunté a mi madre: “Qué dirías si yo llegara a ser sacerdote? Ella, de fe ortodoxa, lo tomó con mucha paz.

Desde entonces fui hablando con una religiosa de la parroquia, que siempre me ha ayudado con sus consejos y oraciones. Ella me presentó al rector del Seminario. Fui visitando de vez en cuando el Seminario, y noté que cada vez me atraía más la idea de ser sacerdote, hasta que, por fin, me decidí.

¿Hubo momentos de dudas? ¿Pensaste alguna vez en dejar el seminario?

Sí. Tuve dos momentos de crisis. Pero ahora veo que me hicieron mucho bien, me ayudaron a aprender algo más, y a mirar las cosas con más madurez, con más prudencia.
En las parroquias vemos mucha gente joven ante la cual se alza la pregunta por la elección en el camino para su vida.

¿Qué les podrías recomendar?

Es difícil responder, pero te diré lo que me dicta el corazón… Tal vez no una respuesta, sino mi sencillo testimonio. En mi vida también he dudado mucho, y he tenido miedo de abrirme a Dios y dejarle guiar mi vida. En esos momentos siempre recordaba las palabras de Juan Pablo II “¡No tengáis miedo! ¡Abrid la puertas a Cristo!”

Esas palabras “¡No tengáis miedo!” son muy frecuentes en la Biblia; y me gustaría invitar a los jóvenes a que no tengan miedo de recibir a Cristo como Maestro, y sobre todo, como Amigo cercano, que aunque es invisible, sin embargo está siempre presente y cercano.

Durante la homilía de la ordenación, el arzobispo de Karaganda, Jan Pavel Lenga, recordó que “en Dios nadie pierde nada, y ese tesoro celestial se queda para siempre”. Es lo que le deseamos a Ruslán.

27 marzo 2007

Sacerdotes en Kazajstán. Seminario en Karaganda

Transcribo una carta recibida hace unos días desde el Seminario de Karaganga


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"Muy queridos amigos:

Como algunos sabéis, tras ocho años de trabajo en Symkhen, en una parroquia del sur de Kazajstán, donde empezamos casi desde los inicios, ahora estoy en el norte. Mi compañero de estos ya casi nueve años se regresó a España, y Dios ha querido enviarme al Seminario Interdiocesano, único para todo el Asia Central, situado en la ciudad de Karaganda. Aquí estoy trabajando y viviendo junto a otros tres sacerdotes y diecisiete seminaristas. Me encargaron ser vicerrector y director de estudios.
Además, doy clases (por ahora) de historia de la filosofía antigua y medieval, así como de teología moral. Por supuesto, también vienen otros muchos profesores. El 28 de mayo del 2006 se ordenaron los dos primeros sacerdotes que han acabado sus estudios en este seminario de 9 años de historia.

Además de eso, colaboro por las parroquias. Los últimos siete domingos celebré la Eucaristía en siete poblaciones distintas, de tres diócesis. En principio, mucho ha cambiado el “plan de trabajo y de vida” en comparación con los años anteriores.

¡Cuántas cosas por aprender!

Sí. Al entrar a la ciudad, junto a la carretera, hay un letrero de la época soviética que dice: “Karaganda, minera, es el apoyo y garantía del desarrollo económico y social del país”. Todos sabemos que la fuente de la riqueza del país está “bajo tierra”. Y en esto, la región de Karaganda es ciertamente privilegiada con todo tipo de minerales. Pero la gran lección que nos da esta tierra es el hecho de que la denominan “ciudad santa de Karaganda” por la gran cantidad de testimonios heroicos de fidelidad a la fe durante la época soviética, y por la gran cantidad de sangre inocente derramada en los campos de concentración diseminados por nuestra cercana geografía.

 
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La mies es mucha, inmensamente mucha, y los obreros bastante pocos. Pero todos sabemos que esta tierra pertenece al Dueño de la mies. Él es el primer interesado. Para los 16 millones de habitantes de Kazajstán estamos unos 80 sacerdotes y algunas más religiosas. Si fuéramos auténticos apóstoles, sería suficiente para encender este país en Amor a Dios, pero se ve que aún no damos la talla, sobre todo algunos.

El seminario tiene por titular a “María, Madre de la Iglesia”. En la capilla tenemos una imagen de la Virgen donada por Juan Pablo II al seminario durante su viaje a Astaná (capital del país) en septiembre de 2001. Alguien que conocéis compuso una oración que tal vez podríais utilizar para encomendar a nuestros seminaristas… y a los vuestros:

María, Madre de la Iglesia
y modelo de entrega a Dios,
a ti elevo hoy mi corazón
en busca de tu amor y tu belleza.
Pon, Señora, tu mano en mi tibieza;
tus ojos, en el alma que te invoca,
pues nunca un corazón se equivoca,
si latir quiere al son de tu pureza.
Que el destello de tu sinceridad
sea faro que, en mi camino, reencienda
mi amor y afán por la verdad;
pues en la humildad está la grandeza
de quien busca, con generosidad,
ser hijo fiel de Dios y de su Iglesia.

Los discípulos del filósofo Platón comentaban que “buscando el amor… encontraron la belleza”. En María encontramos la unión de ambos en perfecta armonía. Pocas cosas hay más hermosas que la imagen de una madre amando el fruto de sus entrañas, y la respuesta (a veces sin palabras) por parte del hijo (o hija). Un escritor ruso decía que “la belleza salvará al mundo”. Que María nos ayude a descubrir las grandes riquezas de la vida interior, de la vida espiritual. Ahí descubrimos que nuestra capacidad de amar es como una mina inagotable: la gran Karaganda que todos tenemos en el corazón.

Con todo cariño os encomiendo y pido oraciones,
Mn. José Luis "